lunes, 15 de octubre de 2012

Historias tatuadas III: El retorno del Peíto

Sevilla. Agosto. Cuatro de la tarde. Un calor de los que rellenan telediarios. Juan Joya “el Risitas” está sentado en su sillón favorito, en la sala de estar de su casa. En su mano, una foto enmarcada de Antonio Rivero “el Peíto”, compañero de fatigas, compatriota y, sobre todo, cuñado.

- Te esho de menos, Peíto... te esho musho de menos...

El Risitas no puede evitar dejar escapar una lágrima, que cae por su mejilla hasta caer en la imagen del Peíto.
Madrid. Septiembre. Jesús Quintero se encuentra en su oficina, revisando fichas de posibles invitados para su nuevo programa.  

En la mesa, un ordenador portátil. Comienza a navegar por internet. Recuerda sus años en “Ratones Colorados” y teclea el nombre del programa en el buscador de YouTube. Nostalgia.

El primer enlace que aparece corresponde a una especie de entrevista que le hace el Risitas al insigne Pocholo. Juan Joya le pregunta al rubísimo si es homosexual, a lo que el drogainómano contesta “No soy maricón, ¿sabes por qué? Porque no quiero”. Jesús Quintero no puede evitar soltar una lágrima, al tiempo que de sus labios escapan las palabras “Era mejor con el Peíto”. A continuación, Quintero escribe la combinación “chiste risitas” en el buscador de la web de vídeos. Un recuerdo le ha llevado a otro. Nostalgia.

“¿Mejor chiste del Risitas? Sí, éste era”, se dice a sí mismo al ver el primer enlace seleccionado por el buscador. Un chiste contado por Juan a Antonio. Un chiste que más bien parece una anécdota enriquecida. Una especie de relato sobre dos amigos que se encuentran tras largo tiempo sin verse, y se van a comer juntos. A la hora de pagar, ambos quieren correr con los gastos de la comida, y deciden solucionarlo con dos cubos de agua. La mecánica es fácil: los dos meten la cabeza en los cubos de agua, y el que la saque el último paga. “¡Y se ahogaron los dos, cuñao!” son las palabras con las que el Risitas finiquita el chiste. Nostalgia.

Suena el teléfono. Lo coge.     

- Hola, Jesús. Oye, que me dicen los de producción que ya no puedes retrasar lo del invitado de la semana que viene. ¿Lo tienes claro yo?

- Más que claro, diría yo - contesta el periodista del pelo de loco.
Una semana después, el Risitas de nuevo en un plató de televisión, una vez más de la mano del que fuese su descubridor.  

Nervios en los momentos previos a la grabación. El Risitas quiere hablar con Quintero antes de comenzar la entrevista. Una chica de producción le comunica que no es posible, que no puede verlo antes. “Dicen que da mala suerte”, le comenta. “¿Hezúuuuu? ¿Dónde eh-tá Hezúuuuu?”, le contesta el Risitas sin terminar de asimilar lo que le acaban de decir. Los andaluces funcionan raro.

Por fin llega el momento esperado y la chica de producción conduce al Risitas hasta su asiento. Éste se acomoda, sin parar de preguntar por Quintero. “Yo penzaba que iba a ehtar Hezú”, le dice tímidamente a la chica. “Los andaluces funcionáis raro”, le contesta ésta. Al final va a ser verdad.

Las luces se apagan. Se encienden los focos. Se acerca a la mesa del plató una silueta rara. “Hezú”, piensa el Risitas, pero cuando la silueta se convierte en persona Juan ve claramente que no se trata de Quintero, sino de un joven de unos veinte años. El hombre va trajeado y da la sensación de ser muy pulcro. Lleva el pelo engominado. Mucho, como el protagonista de “The Artist” o como un bote de gomina con una peluca pequeña puesta encima. Nostalgia.

“Buenas noches, Juan.”, le dice el imberbe muchacho al veterano contertulio. “Buenah noshe”, le contesta éste. “¿Y Hezú?”.

“Digamos que he tenido que sustituirlo. Yo soy José, y voy a ser el presentador de esta velada”, le contesta, y prosigue: “Oye, Risitas, ¿no echas de menos al Peíto?”. “Uy, er Peíto, claro que lo esho de menos. Musho... musho. Y a Hezú también. Eran mih mehore amigo. Loh mehore que he tenío”. “¿Y no te gustaría reencontrarte con ellos?”, le dice sonriente el presentador de la velada. “Hohtia, claro que zí. Musho. Musho... pero ezo no puede ze”. El Risitas se pone muy triste. Mucho. Parece que se le derrite la cara. Se le deshace de tristeza. Le ha entrado el “blues” del que tanto hablan los bluseros. Nostalgia.

“¿Y si te dijese que esta noche te vas a reencontrar con los dos?”, le dice el aseado ser. Un pensamiento centellea en el cerebro del Risitas: “¿Va a vení er fantasma der Peíto?”. Los andaluces funcionan raro.
“Juan, no te miento: está aquí tu compañero de aventuras, tu aliado, tu pareja en el dominó. Damas y caballeros, demos un fuerte, fuerte aplauso a Antonio Rivero, ¡El Peíto!”

La muchedumbre se deshace en palmadas. Una nube de humo artificial invade el set. Una figura que parece llevar un peinado afro se acerca hasta Juan Joya. Es Jesús Quintero. Lleva un traje de pana marrón, visiblemente viejo.

“Hola, Risitas”, le dice a Juan. “Hezú”, contesta él. “No soy Jesús. Soy yo: Peíto”.

A continuación, Quintero sonríe ampliamente. Sólamente un diente brilla en su repertorio de boca.

“Pero, Hezú, ¿qué ta esho en la boca? ¡Si no tieneh dienteh!”, exclama Juan, muy sorprendido. “¿Te loh hah quitao? ¿Por qué te hah quitado loh dienteh?”.

“No, hombre, no seas burro. ¡Jajajajaja!”, ríe. “¿Cómo voy a hacer semejante disparate? Me he tatuado los dientes. Todos menos uno. Mellados tatuados. I am the Peíto”. Ambos se quedan en silencio durante unos segundos. ¿Nostalgia? Finalmente, Quintero rompe su silencio: “Quería hacerme el peinado del Peíto original, pero no ha sido posible. Parece ser que mi pelo es inalisable”.

“Yo no entiendo por qué Hezú dice que e er Peíto. ¿Tú lo entiendeh, Hozé?”, dice dirigiéndose al pulcro presentador. “Juan, este hombre es Jesús, pero también es el Peíto. Son los dos a la vez. ¿Entiendes? Es tu sueño hecho realidad. Enhorabuena”.

Una sonrisa de dimensiones pantagruélicas se dibuja en el rostro del conductor del espacio. Juan Joya no da crédito. No entiende lo que está experimentando. No asimila bien la existencia de un nuevo Peíto. Ni siquiera sabe si se alegra de ver a Quintero.

Pero José tiene más que decirle al Risitas. “Risitas, eso no es todo. Yo tengo algo que decirte. Algo que contarte. Algo que confesarte. Prepárate para la anagnórisis: Mi nombre completo es José María Martínez-Bordiú y Bassó, XVIII Barón de Gotor, aka Pocholo. Y ahora sí que quiero ser maricón”. El Risitas, serio, sereno, directo, responde: “No ze lo que zignifica aka”.

“¡Hay que celebrar este reencuentro múltiple!”, exclama excitado Quintero-Peíto. “¡Y mi reinserción en la civilización!”, grita Pocholo. “¡Zacarme de aquí!”, vocifera el Risitas, asustado como nunca.

“¡Que traigan tres cubos de agua!”, esputa Quintero. Está pletórico, enérgico, lunático. Parece creerse el conductor de un show de gladiadores en la Antigua Roma. Llega la chica de producción con tres cubos de agua puestos en una carretilla y los coloca sobre la mesa del set. Quintero: “Metamos la cabeza en el agua los tres, y el que la saque antes, le paga a Pocholo la operación de cirujía estética que se ha hecho para aparentar veinte años; la clínica de desintoxicación por la que ha pasado para poder pronunciar como una persona; el corte de pelo en la peluquería de abajo; y el diccionario que le hemos comprado para que aprenda palabras como reinserción o civilización. Iba a pagárselo todo yo, pero me he gastado todos los ahorros en este traje. Lo necesitaba para ser un Peíto decente. ”. Risitas responde: “Hezú, creo que ante ha disho que era maricón”. Los andaluces funcionan raro.

ELIPSIS ABRUPTA

Y se ahogaron los tres.

Fin.



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